El Corazón divino de Jesús, ardiente de amor por nosotros, pecadores, nos da como Madre y protectora a su propia Madre, la más graciosa, más amante, más santa entre los santos y los ángeles. A ella no le puede negar nada, porque es su Madre, incomparablemente digna y querida. Le ha dado un corazón tan grande, que le es imposible no ver la más mínima lágrima sobre la tierra, le es imposible no preocuparse por la salvación y santificación de cada ser humano.
San Maximiliano Mª Kolve
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